
Tomé el subte para aminorar mi demora, no era casualidad, solía hacerlo ya que seguramente, y digo seguramente porque pasaba a menudo, me surgía algún imprevisto por lo cual corría contra el reloj. Esta vez no sería la excepción, los accidentes imprevistos son corrientes en la vida cotidiana, al menos me inclino por esta postura por no decir que se trata de mi vida particularmente.
Bajaba los escalones hasta la puerta del departamento contento porque me sobraban unos minutos, incluso me acuerdo de que me miré en el espejo de la repisa antes de cruzar la puerta, para revisar los detalles de mi imagen. Me veía bien, era un buen día. Al menos hasta ese momento, porque dos minutos mas tarde, cuando descendía por el ascensor, ya no. No había necesidad alguna, porque solo me elevo un piso sobre el nivel del mar, o el nivel de Av. Córdoba, pero son de esas cosas que uno hace por reflejo y por inercia al menor esfuerzo.
En este pequeño trayecto que no tiene más de diez segundos de duración, viene a sorprenderme, con el ascensor ya en marcha, la anciana del D, que ya todos sabemos que está loca, como es de esperar de cualquier vecino. Estoy seguro de que todos ustedes tienen vecinos locos, y no crean que los locos no dicen lo mismo de ustedes. Sin embargo, esta vieja es realmente el vivo retrato del típico vecino del que habla el resto del vecindario. Cuando ya suponía yo que estaba venciendo la terrible batalla del reloj, vinieron a desengañarme tres o cuatro gritos, o mejor dicho aullidos, que dejó soltar la vieja con la que compartía el piso. Decía mi nombre, eso me sorprendió, porque si bien yo también sabía el suyo, nunca me había llamado particularmente a mí.
Seguido de los bramidos, un zapateo de cortas patas con un ritmo que no se correspondía con el físico descalabrado de mi vecina. Acabó confirmándome que ya no tendría mi merecida victoria, al estrechar toda su estructura ósea, ya que su cuerpo no cuenta con mucho más, contra las rejas del ascensor.
Lamenté haberme mirado al espejo. La mujer, si es que así se le puede llamar, no cesaba de gritarme, ya a corta distancia, y cuando su rostro quedo fuera de mi campo de visión hizo un movimiento de agache para volver a ser incluido. Este gesto logro detenerme. Quizás sucede que tengo un potencial débil, entonces comencé a ascender de nuevo y pude ver como su rostro deformado volvía a su estado natural, que no era muy uniforme tampoco.
